¿Sabías que… Hildegarda de Bingen fue una mística medieval, compositora, médica, científica, filósofa y… feminista avant la lettre, ante litteram, o lo que es lo mismo, antes de la letra (antes de que existiera el concepto)?
Parece de ciencia ficción, pero no: en pleno siglo XII, en una Edad Media que relegaba a las mujeres a un rincón del convento o del hogar, Hildegarda de Bingen lo hizo todo. Y lo hizo con fuerza, con visiones, con letra propia (bueno, dictada, que tampoco le dejaban escribir sola) y con una autoridad espiritual que ni muchos hombres de su época.
Hildegarda de Bingen. Wikimedia Commons
Nació en 1098, en Bermersheim, Alemania, en el seno de una familia noble. La décima hija, y como “diezmo” familiar, la ofrecieron al monasterio de Disibodenberg cuando apenas tenía ocho años. Allí pasó el resto de su vida… Aunque no encerrada, ni callada.
Porque si algo tenía Hildegarda era voz propia. Literalmente y en todos los sentidos.
Visionaria, profetisa… y escuchada por Papas y emperadores
Desde los tres años tenía visiones. Ella las describía como una luz intensa, un calor, una especie de revelación. Durante años calló. Le daba miedo que la tacharan de loca. Hasta que a los 42 años, oyó una voz divina (que ella identificó como la de Dios), le dijo: “Tú, criatura de polvo, habla y escribe lo que ves”.
Y vaya si lo hizo.
Dictó el Scivias («Conoce los caminos»), un libro teológico basado en 26 visiones cosmológicas relativas al Apocalipsis, acompañadas de comentarios teológicos y poemas inspirados en el Cantar de los Cantares. Pero no te imagines rollo Biblia dura: aquí hay símbolos, ilustraciones llenas de color, mujeres sabias, música celestial, diagramas místicos y una idea muy clara: el universo tiene un sentido espiritual… y las mujeres también pueden ser sus portavoces.
«Liber divinorum operum», Manufactured in the 12th century. Preserved in the Ghent University Library. Wikimedia Commons
Lo que escribió fue enviado al papa Eugenio III, quien – ¡ojo! – no solo dio el visto bueno, sino que mandó leer su obra en el sínodo de Tréveris como ejemplo de revelación divina. Y por si fuera poco, San Bernardo de Claraval también le dio su bendición.
Protestificatio de Scivias. Hildergarda de Bingen recibiendo la inspiración divina y transcribiéndola. Wikimedia Commons
Música, medicina y mística… desde una mirada femenina
Pero Hildegarda no solo tuvo visiones. También escribió tratados de medicina (Causae et Curae), de botánica, de cosmología… y compuso música.
Nada más y nada menos que 77 piezas sagradas, recogidas en Symphonia armoniae celestium revelationum, una joya del canto medieval que hoy sigue sonando en auditorios del mundo entero.
¿Sabías que… las mujeres no podían cantar en la iglesia? Por eso usaban niños con voz andrógina. Pues Hildegarda no solo componía, sino que defendía un canto más sensual, más corporal, más emocional. Y para más inri, escribió el Ordo Virtutum, un drama sacro (sí, como una proto-ópera) en el que las virtudes cantan… y el diablo solo grita. Porque la música, para ella, era una forma de elevarse espiritualmente.
Y en sus escritos médicos… ¡atención!: escribió Physica y Causae et Curae, donde abordó el funcionamiento del cuerpo humano, la herbología y tratamientos médicos basados en las propiedades de plantas, piedras y animales. Su enfoque holístico y su interés por la salud femenina la convierten en una precursora de la medicina natural y la ginecología.
Describió el cuerpo femenino sin tapujos, habló del orgasmo femenino con naturalidad y estudió temas como la menstruación o la menopausia, desmontando siglos de tabúes que decían que la sangre de la mujer era venenosa o causaba rabia. Una joya.
Fundadora de conventos, predicadora… ¡y con dardos al emperador!
Hildegarda fundó dos conventos: Rupertsberg en 1150 y Eibingen en 1165, ambos bajo su liderazgo y emancipando a su comunidad de la jurisdicción masculina. Estableciendo espacios donde las mujeres podían desarrollarse espiritualmente, y pudieran orar, estudiar y escribir sin la opresión de los monjes.
Pero además, predicó en público (algo prohibido para mujeres) y escribió más de 300 cartas a Papas, Reyes y altos cargos de la Iglesia.
¿Su estilo? Claro, directo, sin rodeos. Al emperador Federico Barbarroja lo llamó “niño de alma inmadura” por crear un cisma con el Papa. Así, con dos narices. Ella no solo tenía autoridad espiritual, la ejercía.
Una precursora feminista
Aunque no podía cuestionar abiertamente el patriarcado, Hildegarda le dio la vuelta a la narrativa: comparó la debilidad femenina con la humildad de Cristo, ensalzó la figura de la Virgen con una espiritualidad casi sensual, y creó una imagen femenina del conocimiento, conectada a lo sagrado, al cuerpo, a la música.
Incluso inventó un idioma secreto, la Lingua Ignota, para comunicarse con sus hermanas. Porque sí, también fue lingüista.
Reconocida… siglos después
Murió en 1179, a los 81 años. Y aunque fue venerada localmente, la Iglesia no la canonizó oficialmente hasta el 10 de mayo de 2012, por el Papa Benedicto XVI, quien también la proclamó Doctora de la Iglesia el 7 de octubre del mismo año, reconociendo su contribución excepcional a la teología y la espiritualidad.
Es decir: una de las cuatro mujeres (junto a Santa Teresa, Santa Catalina y Santa Teresa de Lisieux) con autoridad intelectual dentro del catolicismo.
¿Por qué Hildegarda importa hoy?
Porque fue una mujer que pensó, escribió, creó y se hizo escuchar cuando no se suponía que pudiera hacerlo. Porque nos recuerda que la historia ha silenciado a muchas mujeres sabias. Y porque su legado, más de 800 años después, sigue iluminando nuevos caminos.
Hildegarda fue mística, científica, artista, líder espiritual y una mujer que nunca pidió permiso para serlo. Y eso, en el siglo XII… fue un milagro.
Riesencodex, manuscrito medieval del siglo XII que contiene los principales trabajos de santa Hildegarda de Bingen. Conservado en la biblioteca de la Escuela Superior de Rin-Meno. Wikimedia Commons
Hoy, es recordada como una de las mujeres más extraordinarias de la Edad Media, una visionaria que desafió las normas de su tiempo y dejó un legado que sigue inspirando a generaciones.
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